Debate sobre Propiedad Intelectual

El vídeo que os dejo más abajo lo encontré gracias a un tweet de Loretahúr. ¿Qué sería de nosotros los tahúres si no nos tuviésemos los unos a los otros? Desde entonces estuve viendo la manera de poder insertar el vídeo en la entrada y no dejarlo como un simple enlace, y es que WordPress.com no admite la inserción de vídeos de Vimeo (donde estaba alojado), y Youtube no permite vídeos de más de 10 minutos (y éste dura 13). La solución ha sido colgarlo en Dailymotion.

En el pequeño reportaje podemos ver a Juan Urrutia y David de Ugarte respondiendo a diversas preguntas sobre propiedad intelectual. Urrutia es catedrático retirado de economía de la Universidad Carlos III (Madrid) y autor del libro El capitalismo que viene, mientras que De Ugarte, además de economicista es fundador de la Sociedad de las Indias Electrónicas.

No comparto al 100% todo lo que se dice en estas entrevistas, pero sí que hay muchas ideas interesantes que bien merecen la pena difundirse y plantearse algunas cosas. Para empezar, esto no va sobre piratería y descargas. Es cierto que el control de los derechos de copyright ha desembocado en medidas tan impopulares como ineficaces, como la Ley Sinde. Pero aquí no hablamos de piratería, y mucho menos de política. El vídeo se plantea el que puede ser el verdadero problema de fondo, la duración de los derechos de propiedad intelectual, y que ya había señalado algún que otro blog.

Vaya por delante que no estoy en contra de la propiedad intelectual. Incentivar la creación cultural y otorgarle cierta protección puede ser muy positivo. Otra cosa es blindar esa protección hasta el absurdo, o alargar el incentivo hasta el infinito sólo para seguir recogiendo rentas. Estaría bien debatir (pero debatir de verdad, no montar una batalla a dos frentes) las ventajas e inconvenientes de revisar la concepción de propiedad intelectual y los modelos existente que protegen estos derechos: los derechos de autor y el copyright (que aunque se usen indiscriminadamente tienen alguna diferencia).

Los protagonistas del vídeo aportan un enfoque económico, y sería estupendo que si el debate se hiciese más general también se aportasen otras perspectivas. De Ugarte expone con mucha claridad un par de ideas clave, como el origen de estos derechos de propiedad intelectual y la necesidad de tanta protección (porque la clase intelectual era una minoría cuando se empezaron a reconocer estos derechos), así como la imposibilidad de eliminar de un plumazo la propiedad intelectual por el raigambre que tiene en la economía y la sociedad actuales. Además, cuenta con experiencia en la edición de libros que no están bajo copyright y está teniendo buenos resultados.

Con todo, las ideas que se plantean en las entrevistas no son fáciles de llevar a cabo. La creación cultural actual exige en algunos campos (p.ej.: el cine) complejas estructuras industriales, y el reconocimiento de la autoría de una obra no es tan sencillo como en el siglo XIX (un libro/relato/poema escrito por una persona). Y un autor puede estar de acuerdo en ceder derechos patrimoniales, pero los productores hacen de la explotación de esos derechos su negocio, por lo que no es fácil encontrar un punto de equilibrio. Pero en definitiva, merece la pena escuchar algunas ideas alternativas y empezar a poner el debate sobre la palestra.

Hibridación de modelos de las Industrias Culturales

Hace poco, explicaba aquí la existencia de dos modelos genéricos de Industrias Culturales: los productos editoriales y la cultura de flujo. Cada uno tiene una serie de características: forma de distribuir su producto, existencia o no de soportes materiales, y modo de financiación. También comentaba que la llegada de las redes digitales estaba provocando un acercamiento entre estos dos modelos.

La digitalización de las Industrias Culturales, ya sean productos culturales o cultura de flujo, no es un fenómeno tan nuevo. El CD, un soporte donde la información almacenada son ceros y unos (es decir, es tecnología digital), se empezó a comercializar en los años 80. El DVD está en circulación desde 1997. Y la primera patente del MP3 se registró en 1986 (aunque no se popularizó hasta 1995). Internet tampoco es la única red digital que existe. Sin embargo, durante los últimos diez años hemos asistido a un auge de las tecnologías y redes digitales. Estamos en la Era de la Información, y la tecnología digital influye en nuestro modo de vida: cómo nos relacionamos, cómo accedemos a la información, e incluso cómo consumimos. Las Industrias Culturales no son ajenas a estos cambios. Como productos basados en la información, son mercancías idóneas para sumergirse de lleno en esta nueva era. Gran parte de los cambios que sufren las Industrias Culturales pueden sintetizarse en que se está produciendo una hibridación de modelos.

Hablo siempre de Industrias Culturales en plural, ya que hay varias actividades (libro, disco, cine, televisión, radio…) y cada una experimenta de modo distinto esta hibridación. Ahora todos hablamos de los nuevos modelos de negocio en la música, etcétera, pero fue el modelo de flujo (en concreto la televisión) las que aprovecharon primero las redes digitales gracias al cable y el satélite. La digitalización de estas redes permitió ampliar los servicios que ya se estaban ofreciendo en analógico. Era la llamada televisión a la carta: pagar por un paquete básico de canales, que se podía ampliar en función de los gustos (y el bolsillo) del consumidor. Desde los paquetes de cine, deportes o infantiles a la contratación de partidos de fútbol o películas (Pay per view). Hoy, incluso se puede acceder a una base de datos de contenidos y ver el programa que queramos, sin esperar a que esté disponible como producto pay per view. Es el llamado Video on Demand. Esta editorialización del modelo de flujo llamó la atención de los investigadores de las Industrias Culturales, que llegaron a hablar de un tercer modelo llamado club privado. Esta filosofía se aleja del concepto de servicio público asociado a la televisión, y de la universalidad asociada a las telecomunicaciones, y a la larga puede desembocar en una televisión para ricos y otra televisión para pobres. Pero más allá de las polémicas por las concesiones de licencias y los problemas de amortización de las plataformas de cable y satélite, no ha habido mayores problemas.

En cambio, la fluidificación de los productos editoriales no está siendo tan sencilla para las empresas (los consumidores y usuarios somos otro cantar). La desmaterialización de unos productos que siempre se han vendido en soportes físicos ha hecho mucho más difícil la ya de por sí arriesgada tasación de unas obras basadas en creaciones simbólicas. A esto le añadimos la calidad, siempre mejorable, de la banda ancha, que ha impedido a determinadas industrias como el cine o la televisión aprovechar la distribución vía internet. En cambio, las redes peer to peer se revelaron en su momento como una forma excelente para el intercambio de archivos de gran tamaño sin agotar el escaso ancho de banda de hace seis u ocho años.

En definitiva, ni las empresas ni los políticos parecen haber comprendido el fenómeno de hibridación de modelos. Las primeras intentan colonizar internet, formando grupos de comunicación cada vez mayores, pero muchas no terminan de encontrar modelos de negocio adecuados e intentan trasladar los viejos modelos de venta de unidades. Los segundos, cegados por el auge de conceptos parecidos, como industrias de contenigos (digitales) o economía creativa, parecen haber perdido el norte, e intentan respaldar esos viejos modelos con leyes cada vez más disparatadas.

La nueva situación es más compleja, porque intervienen más actores. Pero se pueden conseguir beneficios. Pero eso lo explicaré en otro artículo.

La ley de la patada en el router: más rápida, más dura, más Sinde

Me queda una cierta desazón ahora que se ha aprobado la Disposición Adicional de la Ley de Economía Sostenible, conocida como Ley de la patada en el router. Sensación de derrota, de que los políticos siempre van a piñón fijo y van a hacer lo que les plazca, no importa la frontal oposición de la sociedad. Ya pasó con la guerra de Irak. Y parece que está pasando con esto. A pesar de la fuerte respuesta del manifiesto a favor de los derechos en internet y de que la ministra Sinde llegó a reunirse de mala gana con los representantes de los internautas, la citada ley sigue adelante con un par de remiendos.

El nuevo texto, que de momento no he podido leer pero del que ya se ha hablado largo y tendido en todo tipo de webs, blogs, y también en muchos medios de comunicación, mantiene ese elemento discordante llamado Comisión de la Propiedad Intelectual, que será la que presente las denuncias contra las páginas. Se añade el elemento judicial, ya que es un juez el que debe aprobar las denuncias. Pero este añadido es una trampa envenenada, porque lo único que dice es que se necesita una autorización judicial, no que se tenga que celebrar un juicio. Esta autorización se tendrá que dar (o no) en un plazo de cuatro días, habiendo oído el juez a todas las partes. Parece que la nueva ley esté más preocupada por la rapidez que por la eficacia, y este punto ha desatado muchas críticas al dar tanta prioridad al derecho de propiedad intelectual. La justicia ya es suficientemente lenta como para sobrecargarla con estas denuncias, y además, como bien explica Pablo Soto, el sistema actual ya tiene recursos para tramitar ágilmente el cierre de una web cuando realmente es necesario (no por poner unos enlaces para descargar el disco de Rosario Flores cuyas canciones son todas versiones).

El tema del cierre express suena a trampa y de la buena. Imaginad que os denuncian porque vuestro blog enlaza contenido no permitido, y disponéis de cuatro días para presentaros ante el juez para presentar vuestros alegatos de defensa. La mayoría de nosotros tendríamos que buscar un abogado, mientras que los denunciantes (vamos a decir un nombre al azar: la SGAE) ya tendrán su bufete de abogados con las garras ya afiladas desde que se puso la denuncia. El juez además, no evalúa si se violan derechos de propiedad intelectual: sólo se cerciora de que el cierre de la web demandada no supone un recorte del derecho de la información.

Si por el contrario nosotros como creadores queremos poner una denuncia, mucho me temo que tendremos que acudir a una entidad gestora de derechos de autor (por mencionar una de las ocho existentes… la SGAE), ya que la ley establece que sólo a través de estas entidades podemos percibir remuneración en concepto de derechos de autor. Vamos, que me temo que las denuncias las pondrán siempre los mismos (yo, aunque tengo una novela publicada, no me afilié a la SGAE porque no me salía rentable).

Al final estamos con los mismos debates estériles donde ser cruzan asuntos distintos y cada cabra tira a su monte particular. Para empezar, se usan indistintamente los conceptos de propiedad intelectual, derechos de autor y copyright, cuando existen diferencias entre ellos (si algún abogado lee esto, es bienvenida una explicación por su parte en los comentarios).

La ley deja además mucha inseguridad. La ministra Sinde explica una y otra vez que los bloggers debemos estar tranquilos porque no nos van a cerrar los blogs, que sólo se irán a por las páginas que se lucran a costa de ofrecer contenidos protegidos. El mayor problema de las leyes anti-piratería en internet es que la piratería sigue sin estar definida. Hay un negocio bastante lucrativo basado en la piratería, normalmente llevado por mafias, que sí es dañino para las industrias culturales. Pero compartir a través de peer to peer no es delito, y las páginas que enlazan a estos archivos que se comparten (el único sitio al que las industrias creen que pueden atacar, ya que aquí no pueden denunciar a usuarios a diferencia de en Estados Unidos) tampoco han sido nunca condenadas por los jueces. Además, estas páginas de enlaces no constituyen ni de lejos la principal búsqueda de archivos para descargar vía peer to peer. Si se cierra un servidor, se puede abrir otro fuera de la jurisdicción española. Esta ley se antoja bastante ineficaz a priori.

Lo único que se consigue con estos debates estériles y simplificados es polarizar las opiniones: internatuas contra creadores. Como si los creadores no usaran internet o los internautas no escribiesen ni compusiesen música. Siempre habrá alguien que querrá bajarse películas, discos o libros sin pagar nada, pero la inmensa mayoría estamos sensibilizados con los derechos de autor y no nos oponemos a la remuneración de los creadores. Esa remuneración se puede conseguir de muchas formas, no sólo con la fórmula pay per download o la comrpa de discos y DVD’s. Incluso la actual concepción de derechos de autor y remuneración podría ser revisada. Lo que no estamos dispuestos es a que se nos persiga y se nos equipare a pederastas o terroristas sólo por bajarnos cosas de internet. Pero de momento, el gobierno ve más rentable en términos electorales a los artistas que a los bloggers (con una consecuencia desagradable: politizar el debate). Dentro de la comunidad blogger hay gente con gran poder de convocatoria, y los partidos bien podrían plantearse escucharles para intentar tenerlos de su lado.

Una última reflexión: resulta curioso que los principales defensores dentro del colectivo de creadores sean los músicos. Ahí tenemos a Víctor Manuel, o a Rosario Flores, que como no vende discos ha tenido que vender colonia con su nombre estas navidades. Los escritores, salvo algunos casos, no se han pronunciado tanto. Será porque ellos están más abiertos a las alternativas al copyright. Es el caso de Espido Freire, quien me contó en una entrevista que veía muy interesante todo el tema del copyleft al darle algo más de cuartelillo al autor (sobre todo si no es conocido).

Pero en fin, a pesar de esta pataleta, y de todas las pataletas de la red, parece que la ley seguirá adelante, y la ministra Sinde la seguirá defendiendo con cara de no haber roto un plato. Si hay una cosa peor que un político, es un político advenedizo.

Los internautas ya intentamos dialogar y no se nos ha hecho caso. Hay que pasar a la acción. La de verdad.



Modelos clásicos de financiación de las Industrias Culturales

Que nadie se lleve a engaño. No pretendo hablar de enrevesadas fórmulas de enriquecimiento de los grandes grupos multimedia. Tampoco voy a reinventar la rueda. Lo que viene a continuación son unas líneas de teoría muy básica sobre las Industrias Culturales, término que defiendo frente a otros como industrias del contenido o industria del entretenimiento. Antes de adentrarme en la relación de estas industrias con las redes digitales es mejor que empiece por el principio.

Hablo de Industrias Culturales en plural, ya que son varias y cada una tiene sus características. Y escribo el término con mayúsculas iniciales por deformación, ya que suelo encontrarlo así en la bibliografía sobre la materia. Estas Industrias Culturales se han agrupado tradicionalmente en torno a dos polos de referencia que ahora no son tan distantes. Estos dos polos (digamos unos modelos génericos que no son compartimentos estancos) son los productos editoriales por un lado, y la cultura de flujo por el otro. Intentad recordar cómo eran las cosas a finales de los 80 o principios de los 90 para comprender mejor estas formas de financiación.

Los productos editoriales incluye industrias como la fonográfica (discos), la editorial (libros) y la cinematográfica (cine y vídeo). Estas industrias basan su negocio en la venta de unidades individuales a los consumidores. Hablamos por tanto de una financiación directa, en la que el consumidor está pagando el total del coste de la copia. Algunas cosas que debemos tener en cuenta son:

  • Los costes de creación de estas industrias son muy característicos. El prototipo (producir una película o un disco, esto es, costes fijos) es muy caro, pero la distribución es relativamente barata (costes variables), y generar una nueva copia o conseguir un nuevo consumidor (coste marginal) es un aumento del coste insignificante.
  • Tradicionalmente estos productos estaban asociados a soportes materiales. Esto ha cambiado, y eso afecta a la estructura de costes. También hay que tener en cuenta que estas industrias se han basado siempre en la venta de copias, unas copias que aunque son fáciles y baratas de generar, deben rentabilizar toda la estructura de costes antes descrita. A esto le podemos sumar la dificultad de valorizar un producto basado en un trabajo creativo-artístico.
  • Las estrategias de estas empresas se basan en el efecto catálogo, en el que los superventas compensan los productos minoritarios. Esto permite que junto a best-sellers, blockbusters veraniegos y fenómenos musicales podamos encontrar productos fuera del mainstream, muchas veces a través de sellos (discográficos, editoriales) creados a tal efecto. La estandarización del consumo cultural que imponen este tipo de industrias y la función cultural que pueden o deben cumplir ofreciendo variedad es uno de los huesos duros del estudio de la Industrias Culturales.

Por otra parte tenemos la mencionada cultura de flujo, en la que incluimos a los medios de comunicación, como radio y televisión. Son empresas que se financian indirectamente, a través de la publicidad, subvenciones públicas (impuestos) o ambas cosas. Su negocio está en la fidelización de consumidores para obtener mayores ingresos por publicidad. Sus productos se basan en los programas que emiten, y el catálogo está inmerso en el propio flujo, es decir, en la programación. Podemos observar que:

  • La financiación indirecta hace que este tipo de industrias sean gratuitas para el consumidor, con la excepción de la inversión que tiene que hacer en hardware (comprar un televisor o una radio), y de fórmulas mixtas de financiación que veremos más adelante.
  • Los costes variables y marginales quedan reducidos prácticamente a cero. No hay distribución física, y el coste por nuevos espectadores u oyentes es nulo (salvo casos de ampliación de cobertura, en los que deben invertir en infraestructuras).
  • Estas industrias no están asociadas a soportes materiales como lo han estado tradicionalmente los productos editoriales.
  • Obviamente, existen sinergias entre varias industrias. Los ejemplos típicos son las discográficas con la radio y el cine con la televisión.

La prensa diaria (en papel) constituye un caso de modelo mixto, ya que posee características de los dos polos que he descrito. Es un medio de comunicación pero su flujo es discontinuo y hay que comprar ejemplares separados. Su financiación se costea entre la publicidad y el pago del consumidor (en el caso de los diarios gratuitos sólo por publicidad, pero no son tan completos como las cabeceras de pago). También han contribuido a introducir financiación mixta en los productos editoriales, al vender películas, libros o discos a precios reducidos (o sin coste alguno) de forma conjunta con el periódico.

La llegada de las redes digitales (no sólo internet, también la TV por cable o satélite) está suponiendo nuevas formas de financiación mixta para todo tipo de Industrias Culturales. Es el caso de la televisión, donde existen canales de pago (como el antiguo Canal+ analógico), pero también lotes de canales dentro de las plataformas de satélite, pay per view e incluso vídeo a la carta. En cuanto a los productos editoriales, aparte de las ediciones online de las cabeceras tradicionales de prensa, la cosa aún se está perfilando. Al principio se hablaba mucho de la desaparición de intermediarios, que más bien ha sido una re-intermediación (como consumidores, necesitamos a alguien que nos seleccione y empaquete el contenido, como podría ser Spotify). Además de la venta de unidades desligadas de su soporte (como hace iTunes), se están descubriendo nuevas formas de negocio que combinan la gratuidad y el pago por contenido.

Pero de todo eso iremos hablando en sucesivas entradas.