La belleza del ajedrez

El último artículo de Arturo Pérez Reverte en su columna de El Semanal hablaba sobre niños ajedrecistas. Un buen artículo, quitando la consabida arenga contra los políticos, que sin faltarle razón, resulta aburrida por lo repetitiva y el habitual tono prepotente que emplea. En cualquier caso, me hizo recordar una etapa en la que ese juego tan fascinante era una de mis mayores aficiones, no como ahora, que no hago más que navegar por internet y emborracharme en los bares.

Aprendí los movimientos del ajedrez (aprender a jugar es otra cosa) cuando tenía 7 años. El ajedrez me parecía un juego complicado al que jugaba la gente inteligente. Yo tenía fama de chico listo, así que ¿por qué no aprender? Poco a poco fui familiarizándome con las piezas, sus movimientos, y algunas curiosidades relacionadas con el juego. Como el mate más rápido que existe (el mate del león: las negras hacen jaque mate en su segundo movimiento), aunque difícilmente pasaría en una partida de verdad. O esa leyenda sobre el origen del ajedrez, en la que el creador del juego pide como recompensa un grano de arroz en el primer escaque del tablero, dos en el segundo, cuatro en el tercero… parece poca cosa, pero al final no hubo tanto arroz en el reino para pagar la deuda. Ah, el maravilloso mundo de las potencias del 2, que tanto gustan a los informáticos.

Los niños son unos seres extraños. En mi clase el ajedrez se puso de moda y muchos jugábamos durante el recreo o en las horas que por una u otra razón teníamos libres. Era agradable tener una alternativa en una época en la que si eras varón estabas obligado a jugar al fútbol (esa es una anécdota aparte, recordadme que se la cuente a Bibiana Aido para que vea lo que opino de su igualdad). La popularidad seguía siendo para los que jugaban, y bien, al fútbol, pero a nosotros no nos importaba. Curiosamente, no recuerdo que a las chicas les gustase jugar al ajedrez.

Durante unos años jugaba en todos los torneos a los que podía apuntarme. Es una buena terapia para alguien introvertido y con alergia a relacionarse con gente nueva. Como en muchas otras cosas, lo que te queda de la experiencia es mucho más que las partidas jugadas. En esos torneos aprendí que la edad del contricante, y por extensión su aspecto o su tamaño, no eran un buen indicador para calcular su destreza. De hecho, era habitual que los críos (dentro de lo que un chico de 12 ó 13 años puede llamar crío) fueran grandes jugadores y te dieran una soberana paliza.

Dejé de practicar el ajedrez fundamentalmente por dos motivos. El primero era que al llegar a cierto nivel, hay que aprenderse aperturas y jugadas para progresar. Eso para mí mataba el espíritu del juego. Lo divertido era jugar tirando de intuición, de instinto, de ingenio, de agudeza, no recordar las jugadas que te sabes de memoria. El segundo motivo era que cuando llegas a la adolescencia, tu cerebro tiene demasiadas distracciones como para concentrarse en el ajedrez.

Apenas juego ahora. Por falta de tiempo y sobre todo por no encontrar rivales. Jugar contra el ordenador no es lo mismo. En la carrera oí que el ajedrez era un juego de suma cero, mientras que el go tiene matices que lo alejan un poco de esa categoría. Lo oriental se pone de moda. No sabría decir si soy buen jugador o no. Depende, que diría Pau Donés. Habrá quien me gane con los ojos cerrados y otros me verán como un jugador competente. Supongo que la práctica del ajedrez habrá dejado huella en mi personalidad, en mi forma de pensar y razonar, pero tampoco es que aplique lo aprendido del ajedrez en la vida cotidiana en plan peli de Holywood (dar cera, pulir cera), al menos conscientemente. Aunque sí que recuerdo alguna partida donde la personalidad del jugador se plasmaba en su forma de jugar.

En cualquier caso, las piezas colocadas sobre el tablero de ajedrez siguen teniendo un halo de encanto. El caballo esquivo y ágil, el alfil hábil y sibilino, la arrolladora torre, la polifacética y todopoderosa reina, y el rey noble, altanero, protegido tras sus leales peones. Cuando esas piezas cobran mayor belleza es cuando se ponen en movimiento para la partida.