La libertad del mando a distancia ¿Realmente vemos lo que queremos?

Poner a parir un determinado programa de televisión o a todo un canal es una práctica muy habitual, tanto dentro como fuera de Twitter. La semana pasada, el nivel de bilis arrojado contra Telecinco volvió a subir por encima de la media. Posiblemente se debiera a la demanda interpuesta por la cadena de Vasile contra Pablo Herreros, en la que le acusan de amenazas y coacciones.

(ACTUALIZACIÓN: Telecinco ha retirado la demanda contra Pablo Herreros.)

Entre tanto comentario criticando la Cadena Mierder llegó un mensaje a mi muro de Twitter (Retweet mediante) que decía: “a la gente que se queja tanto de los contenidos de Telecinco… ¿Os obligan a verlo? Pues ya está!”. Y como yo tenía el día tonto e intuí que se trataba de un argumento que ya he oído muchas veces acerca de que si no te gusta algo basta con cambiar de canal, respondí con un (no muy elegante) “la falacia de la libertad que otorga el mando a distancia…”. Hubo un par de comentarios más por parte de los tres usuarios implicados en la conversación y la cosa no llegó a más (yo no soy como las tuitstars que se dedican a hacer de rabiar a los políticos). Twitter, con sus 140 caracteres, no es un buen formato para entrar en profundidad sobre ciertos temas.

En cualquier caso, al hilo de ese comentario, recordé los argumentos típicos que se suelen hacer para justificar que si la telebasura se ve tanto por algo será, que sólo hace falta cambiar de canal, y que las cadenas privadas de televisión son empresas y pueden programar lo que crean conveniente para obtener audiencia. El propósito de esta entrada es el de rebatir estos argumentos.

En primer lugar, me gustaría diferenciar entre pull media y push media, una distinción muy parecida a la que se hace en Industrias Culturales entre industrias editoriales y modelo de flujo. La televisión es el ejemplo típico de push media: emite continuamente y “encuentra” al espectador. Esto, unido a la alta penetración del medio televisivo en los hogares, hace que determinados programas tengan puedan ser vistos por mucha más gente que cualquier película, libro, obra de teatro, canción, etc. Obviamente, esta separación no siempre está clara. Las películas pueden verse en la tele, las canciones oírse e la radio…

Pero en definitiva, la televisión tiene una influencia en la sociedad a priori mucho más alta que otros medios, incluido Internet (insisto: a priori). Esto no significa que las cadenas estén obligadas a emitir contenidos asépticos y políticamente correctos todo el rato. Está bien (incluso es necesario) que los canales emitan programas críticos o en contra de lo establecido. Pero al menos deberían tener en cuenta esta situación ventajosa, incluso si se trata de cadenas privadas.

Cuando se critican determinados contenidos suele haber comentarios del tipo “pues que cambien de canal”, “si tanta gente lo ve será por algo”, y similares. Claro, claro, para que se deje de emitir Gandía shore (o “Cualquier otro sitio shore”) basta conque la gente deje de verlo. Y para cambiar la situación de este país basta con que la gente vote a otro partido políticos. Pero si dejamos el país de las hadas y volvemos al mundo real, las cosas no son tan sencillas.

Detrás de los argumentos del tipo “la gente ve lo que le interesa” subyace la Teoría de los Usosy Gratificaciones (TUG). Esta teoría se centra en las audiencias para tratar de comprender los medios de comunicación, y afirma que el espectador busca activamente contenidos que le interesen y que satisfagan sus necesidades (sí, ya sé que ahora todos vivís solos o con vuestra pareja, y que no veis la tele, sólo la usáis para enchufarle el disco multimedia y ver las series que os bajáis de Internet). Frente a otras aproximaciones, más críticas, que intentan analizar los efectos de los medios en la audiencia, la TUG intenta averiguar qué hace la audiencia con los medios.

Esta aproximación individualista se basa en una libertad a priori del espectador, al que además considera racional y bien informado. En base a esa libertad, el espectador tendría la capacidada de “negociar” con el medio televisivo, pues su demanda de contenidos influiría en la programación (cancelación de los programas que se ven poco, renovación de los que tienen éxito).

Las críticas a esta teoría, que son muchas, empiezan por esa presunción de que el espectador es racional y está bien informado. ¿Está bien informado a priori el espectador cuando ve reportajes sobre las bondades de la homeopatía, las terapias alternativas y demás discursos magufos? ¿O cuando ve reportajes presuntamente informativos que en realidad son publirreportajes?

La otra gran crítica a la TUG es que ignora la naturaleza social del sujeto. El contexto social, incluyendo variables como el país, es un complejo mecanismo que nos presiona para ver un canal u otro. Puede ser el corrillo de compañeros de trabajo que comenta un programa en la máquina del café, pueden ser los comentarios hechos en Twitter (positivos o negativos)… Los cebos de muchos programas (Sálvame es el ejemplo más conocido) están por algo. Incluso algo tan tonto como el número de canal en nuestro televisor puede influir a la hora de generar audiencia. No es casualidad que varios canales como Neox, Nova o la MTV hiciesen pequeñas campañas para posicionarse en un determinado lugar en la numeración de nuestro mando a distancia.

En definitiva, el que no quiera ver Telecinco es muy libre de cambiar de canal o de apagar el televisor. Pero no vivimos en burbujas aisladas, ni en cabañas perdidas en el monte (al menos, la mayoría de nosotros no). Los programas que vemos dependen de muchos factores, incluida socialización con los demás. La audiencia, por desgracia, no siempre es sabia.

Un pensamiento en “La libertad del mando a distancia ¿Realmente vemos lo que queremos?

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