Cuando la obsolescencia está programada

El pasado domingo, La 2 de TVE emitió el documental Comprar, tirar, comprar, coproducido por Televisión Española y Televisió de Catalunya entre otras cadenas. (Como madrileño, hace ya tiempo que me resigné a que Telemadrid participe en este tipo de programas. Como mucho, se encargan de emitir algún documental que niegue el cambio climático.) Si tenéis 50 minutos libres, podéis ver el vídeo aquí, pero sólo estará online durante dos semanas tras su estreno.

Para los que ya lo hayáis visto o queráis saber de qué va el tema, se trata de un documental que habla de la obsolescencia programada, algo que, citando a Loretahúr, “es una de esas historias que es tomada por algunos como leyenda urbana y por otros como realidad evidente”. Hablamos no ya sólo de esa renovación constante de productos a la que nos vemos obligados por cuestiones estéticas, como las típicas prendas de vestir que se pasan de moda, sino de productos cuyo “ciclo de vida” tiene una duración determinada (o mejor dicho, predeterminada), y que muchas veces es inferior a la que se podría ofrecer. En el vídeo, se presentan algunas evidencias, como bombillas que se fabricaron con un ciclo de vida de 1.000 horas debido a la decisión del cártel de fabricantes, cuando era técnicamente posible fabricarlas con una vida útil mucho mayor. También aparecen medias de nylon que no tienen tanta calidad como podrían, o impresoras que petan tras imprimir un número determinado de páginas.

Y por supuesto, siempre está la incentivación del deseo motivada por la publicidad y el marketing. Eso que nos lleva a comprar el último modelo de móvil, de ordenador, de coche, etc, no por necesidad real, sino llevados por otras motivaciones: imagen personal, apariencia, estatus… Es cierto que el caso de la informática es un poco especial. Los sistemas operativos y demás software necesitan actualizarse o renovarse por cuestión de seguridad, y ese desarrollo del software obliga muchas veces a renovar el hardware (un buen ejemplo es el salto de los 32 a los 64 bits). Pero también es cierto, que en el caso del software existen alternativas gratuitas y abiertas tan buenas o mejores que el software propietario y el de pago: distribuciones de Linux, Open Office, navegadores como Firefox o Chrome, etc.

El documental concluye mostrando las consecuencias de ese hiperconsumo, las más evidentes, las medioambientales. También plantea algunas alternativas al discurso liberal que justifica la obsolescencia programada por razones económicas, ese discurso que dice que hay que incentivar el consumo para lograr crecimiento económico (en efecto, cuando dejamos de consumir es cuando empieza el pánico, y eso lo estamos viviendo ahora mismo). Son alternativas que no lo tienen fácil, como la teoría del “decrecimiento”, pero que al menos están ahí.

Me gustó el documental, y sobre todo me gustó que se emitiese en la televisión pública. Televisión Española está lejos de ser la televisión ideal, pero pequeños gestos como éste indican que aún no ha perdido del todo el norte. Y es que sin la financiación de la publicidad es cuando puede apostar por unos contenidos que antes podían suponer la retirada del dinero de los anunciantes. Esperemos que sigan por este camino.

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