Bardem y la incoherencia de la fábula de los tomates

El 24 de diciembre, Javier Bardem publicó un artículo en El País, al igual que otros muchos autores y artistas que se lamentaban del rechazo a la Ley Sinde. En su artículo, Bardem imaginaba un botón mágico capaz de materializar tomates en nuestras neveras. Y aunque un dispositivo como ése podría subsanar el hambre en el mundo, Javier Bardem, en cambio, se lamentaba de las pérdidas que supondría para el pobre agricultor que cultivaba sus tomates al estilo tradicional.

La noticia llegó a portada en Menéame, y llovieron los comentarios, de entre los que se destacó uno realizado por el usuario humistec, quien continuaba la analogía entre el consumo de tomates y la copia privada y las descargas de internet para rebatir los argumentos de Bardem. Y a pesar de que el comentario es muy acertado, comete el mismo error de base: equiparar el consumo cultural con el consumo material.

Por suerte o por desgracia, este humilde blog no ha llegado nunca (ni creo que lo haga ahora) a portada de Menéame. Con el atrevimiento del que pasa desapercibido, les invito a realizar un sencillo experimento para que aprendan de una vez por todas las diferencias entre estos dos tipos de consumo. Así, la próxima vez que hablen del tema podrán hacer analogías más acertadas y no decir tantas gilipolleces.

El experimento del tomate y la canción

Realizar este experimento es muy sencillo y cualquiera puede hacerlo en su casa en este mismo instante. Seguro que tienen los elementos necesarios.

En primer lugar, necesitarán un tomate. Si no tienen ninguno en la nevera, puede servirles perfectamente una pera, una manzana, o cualquier otro alimento como un yogourt o una lata de conservas. La única condición es que sea algo que se pueda comer directamente. Si eligen la pechuga de pollo con la que se van a preparar la cena, este experimento les va a resultar un poco desagradable.

Ahora necesitan lo que denominamos un producto cultural. Es decir, un producto comercializado por las Industrias Culturales (siempre en plural, por favor), que algunos llaman Industrias de Contenidos, Industrias del Ocio o del Entretenimiento, o Industrias Creativas. En otras palabras, una canción, un libro (en papel o electrónico) o una película. Que no les intimide el adjetivo cultural. Si no tienen nada cultural, pueden usar una canción de Shakira, una película de Bruno Mattei, o un libro de Paulo Coelho. Les voy a pedir que sea un producto original (libro, DVD, CD, etc). No es esencial para el experimento, pero así evitaremos enfurecer aún más al señor Bardem, y de paso podremos extraer algunas conclusiones adicionales. Yo les aconsejo que utilicen una canción, que suelen durar entre 3 y 4 minutos, a no ser que hayan elegido algo de Dream Theater o Symphony X, y que además se pueden escuchar usando auriculares o altavoces.

Ahora sólo necesitamos la colaboración de un amigo o conocido para proceder con el experimento. Reunan los elementos y comencemos. Cómanse (sólo ustedes) el tomate. Ahora pídanle a la otra persona que se coma el tomate. Como podrán observar, su amigo no podrá atender ese requerimiento. Puede comerse otro tomate, pero no el mismo tomate. O en cualquier caso, pueden compartir el tomate (si es que aún no se lo han comido ustedes), lo que supone que cada uno disfrutará de la mitad del tomate aproximadamente.

Anoten la primera conclusión: cuando usted consume el tomate, privará necesariamente a la otra persona de poder hacerlo, y, una vez consumido, el producto queda agotado y no puede volver a utilizarse.

Ahora repitan el proceso con la canción. Colóquense los cascos y escuchen la canción. Mientras, ofrezcan algo de comer a su invitado. Esto no tiene nada que ver con el experimento, pero después de haberse comido un tomate, sería de mala educación no ofrecerle un piscolabis. Cuando terminen de oír la canción, pídanle a la otra persona que haga lo mismo. Observará que en este caso, la otra persona puede escuchar la canción de nuevo sin ningún problema. De hecho, pueden prescindir de auriculares y escuchar ambos la canción al mismo tiempo, sin que eso afecte a la naturaleza del producto, al contrario de lo que ocurría con el tomate. Es decir, pueden disfrutar los dos de toda la canción, en lugar de disfrutar de media canción cada uno. Podemos llegar incluso más lejos, y ustedes podrían hacerle una copia de la canción (sin que se enteren Javier Bardem ni Alejandro Sanz, ya saben) y así su amigo podría disfrutar de la canción cuando quisiera, y en cambio ustedes no habrán renunciado a dicha canción…Tienen múltiples posibilidades, cosa que no podíamos aseverar en el caso anterior, da igual si han utilizado una canción, un libro o una película.

Anoten pues la segunda conclusión: el consumo de una canción no priva del consumo de esa canción a otra persona, y además no agota el producto.

Por tanto, ya hemos encontrado las…

Diferencias entre el consumo material y el consumo cultural

Si ustedes han llegado a este punto, se estarán llevando las manos a la cabeza ante la cantidad de sandeces que he dicho durante el experimento. Las comparaciones entre el tomate y la canción son, cuanto menos, peregrinas. Como se suele decir: qué tiene que ver la velocidad con el tocino. Solo que aquí no podemos responder: una carrera de cerdos.

Y las comparaciones son absurdas por la razón que muchos de ustedes ya han descubierto: el tomate es un producto material, mientras que la canción es un producto inmaterial (basado en la información). Y la principal característica de su consumo es la que ya hemos adelantado en el experimento:

Los productos culturales son bienes inagotables, basados en la información, cuyo consumo no priva a otros usuarios de consumir esos productos.

El consumo cultural tiene otras características. Mi favorita es que se trata de un consumo de naturaleza acumulativa, que genera un aprendizaje que permite un mayor disfrute de cara al futuro. En otras palabras: cuanta más cultura consumimos, más disfrutamos al consumirla.

Tradicionalmente, estos productos inmateriales se habían comercializado en soportes materiales para posibilitar su distribución. Sin embargo, dos avances nos han hecho darnos cuenta de que no compramos objetos físicos (CD`s, DVD’s, libros…) sino el contenido inmaterial que almacenan:

  • Uno es la digitalización. Como productos basados en la información, los productos culturales son susceptibles de tranformarse en cadenas de ceros y unos, ya sean música, vídeo, texto, etc. Esto, además, hace que sea virtualmente posible hacer un duplicado exacto del producto, a pesar de la teoría de los tomates de baja calidad que enunciaba el señor Bardem.
  • El otro es el desarrollo de canales de información como internet, que permiten la distribución de todo tipo de información, y por tanto han hecho que los soportes físicos pasen a ser irrelevantes.

Y a partir de aquí, empieza el debate. Ahora es cuando empezamos a hablar de las características de las Industrias Culturales (que no solo son las que venden música, cine y libros; hay más), de las crisis propias de su sector, de las economías de escala que requieren, de las profundas implicaciones sociales que hay en todo este asunto, de los derechos de autor, de que no toda la cultura está en las Industrias Culturales, y un largo etcétera. El tema es largo, complicado, y no se puede simplificar en creadores vs piratas, ni empezar a mezclar churras con merinas.

Pero yo sólo quería colocarles en la casilla de salida, y que entendiesen que para empezar a hablar de todo esto, primero hay que tener claras un par de ideas básicas. A partir de aquí, el trabajo es de todos.

¡Y por el amor de Dios, que alguien le compre un kilo de tomates a Bardem!

3 pensamientos en “Bardem y la incoherencia de la fábula de los tomates

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