El audímetro, ese gran desconocido

Iba a etiquetar esta entrada como mitos populares, ya que los audímetros son un poco como el incidente de Ricky Martin y la mermelada, que nadie los ha visto pero todos tienen un conocido que tiene un audímetro (o conoce a alguien que lo tiene). Pero lo cierto es que los audímetros son como las meigas: aunque no creas en ellos, haberlos haylos.

Los audímetros son una de las herramientas que miden la audiencia de la televisión. En España hay otros métodos. Uno de los más famosos es el panel del Estudio General de Medios (EGM). Cada método tiene sus ventajas e inconvenientes. La principal ventaja del audímetro es la de poder medir el comportamiento del telespectador frente al televisor con precisión y en tiempo real, frente a las encuestas, en las que el espectador tiene que recordar lo que vio y no vio en televisión. La empresa que gestiona los audímetros es Sofres A.M., que en 2001 fue absorvida por Tylor-Nelson (TNS).

Los audímetros miden el consumo televisivo en hogares (no en bares ni otros establecimientos públicos). Para ello, hay repartidos 4.500 aparatos por toda la geografía nacional. Es decir, 4.500 hogares tienen un audímetro. Si tomamos una media de 3 personas por hogar (habrá familias de 4 o más miembros, y hogares donde viva una pareja o un solo individuo), eso nos da un número aproximado de 13.500 personas. Aunque a algunos os pueda parecer poca gente para un país de casi 45 millones de habitantes, se trata de una muestra suficientemente grande para hacer cálculos estadísticos del consumo televisivo con un margende error pequeño. De hecho, de todos los problemas de los audímetros, el tamaño de la muestra es el menor de ellos. La elección de hogares se hace siguiendo un muestreo estratificado. Habrá más audímetros en la Comunidad de Madrid que en Extremadura, ya que Madrid tiene mayor proporción de población. Del mismo modo, se respetan otras variables demográficas (como edad y sexo) para que la muestra sea representativa.

En España se usan audímetros activos (necesitan la participación del espectador). Hay que indicar mediante un mando qué miembros del hogar están viendo en ese momento el programa. Si vienen invitados, también se deben especificar. Los datos relativos al consumo de TV se almacenan en un disco duro, y en torno a las 3 de la madrugada se envían automáticamente a la central, y se analizan comportamientos anómalos. Aunque los audímetros tienen capacidad para almacenar el consumo segundo a segundo, se ha aceptado que la unidad mínima de análisis sea el minuto, a fin de poder gestionar mejor los datos sin volverse loco. Un audímetro no sólo registra el canal de televisión que se está viendo, sino que también sabe si se está viendo un DVD o jugando a la Playstation. Actualmente, se ha adaptado la tecnología  para medir la audiencia de la TDT (ya que en la TDT, la misma frecuencia emite cuatro canales diferentes).

Hay que tener en cuenta que las plataformas de pago, como Digital+, son menos dependientes de los audímetros, ya que sus ingresos no dependen de la publicidad sino de las suscripciones de sus abonados. Además, realizan encuentas entre sus abonados para controlar qué canales tienen más audiencia.

Aunque al principio resulte raro acostumbrarse a usar un mando para especificar quién está viendo la tele, la mayoría de las familias se acostumbran rápido. La mayoría de los problemas de la medición derivan no de la muestra en sí, sino de la aplicación del sistema de muestreo. No todos los hogares aceptan tener un audímetro en casa (por cierto, son compensados con una serie de puntos canjeables por regalos que por lo visto no dan para mucho). Hay hogares que al poco tiempo deciden devolver el audímetro, y hay que buscar otro hogar equivalente. A lo largo de los 4 años que dura el muestreo, son mucho los hogares que hacen lo mismo, por lo que la muestra inicial se va reciclando y acaba perdiendo su representatividad. Aunque un problema mayor proviene de los hogares que se cansan de tener un audímetro pero no lo devuelven, y el uso desganado del audímetro refleja datos poco fieles a la realidad. Si dedicáis dos minutos a leer el post que acabo de enlazar, veréis un tercer problema muy grave: el de inventarse los datos de la muestra.

El resto de probemas deriva sobre todo de la definición de audiencia. ¿Hasta qué punto se puede considerar audiencia a alguien que simplemente está sentado delante de la tele, aunque esté leyendo o a otra cosa? Dejo la pregunta abierta.

La finalidad última de la medición de audiencia es vender publicidad. Cuanta más gente vea un programa, más caro será insertar un anuncio. Y claro está, esto conlleva una serie más de cuestiones: la gente hace zapping durante los intermedio, los datos se registran por minutos y en un minuto hay 2 ó 3 anuncios…  Son cuestiones de difícil respuesta y que normalmente se tratan siguiendo una serie de convenciones hasta cierto punto arbitrarias. Pero en fin, la planificación de la publicidad en los medios es un arte. Por algo les pagan.

NOTA: En los enlaces que hay a lo largo del artículo hay imágenes donde se ve cómo es un audímetro y el mando que se usa. Las noticias y artículos que contienen no son recientes, por lo que hay aspectos que no coinciden con lo que pongo aquí.

ACTUALIZACIÓN (10/07/2011): He reescrito el artículo para mis amigos de El Ninho Naranja. Contiene alguna información nueva extraída de los comentarios de esta entrada. Podéis leerlo aquí.

Neal Stephenson, el escritor friki

Neal Stephenson en una firma de librosLa primera ver que oí hablar de Neal Stephenson fue durante unas jornadas de rol y fantasía, en una charla a cargo de Cels Piñol y Ricard Ibánez. En algún momento del coloquio, Piñol mencionó un libro de este autor, el Criptonomicón, que recomendaba con entusiasmo. El título, tan sugerente, se me quedó grabado a fuego, y no tardé mucho en ir a buscarlo a las librerías. Compré la primera de las tres partes de la novela. Al empezar a leerla, comprendí que no se trataba de una trilogía, sino que era una sola novela editada en tres libros. Eso fue a mediados de 2005. Desde entonces, se ha convertido en uno de los pocos autores cuya obra sigo con cierta regularidad. Por algo será.

Encuadrar a Neal Stephenson en un género de novela es imposible. O un error. La era del diamante (1995) nada en las aguas de la ciencia ficción. Snowcrash (1992) y el Criptonomicón (1999) podrían calificarse más como ciberpunk. El Ciclo Barroco, por su parte, es una trilogía (en castellano, cada novela se ha editado en 2 ó 3 tomos por razones de extensión) que transcurre a finales del siglo XVII y principios del XVIII, pero que es tratada con los códigos del género de la ciencia-ficción y se convierte en una especie de “ficción histórica especulativa”.

Desde luego, Neal Stephenson es un escritor muy friki (o quizás, muy geek). Pero el tratamiento que le da a sus novelas hacen que sea difícil encasillarlo como un escritor de ciencia ficción o ciberpunk. Las novelas de Stephenson se convierten en un largo paseo narrativo donde lo importante no es llegar al final, sino disfrutar del camino. Las tramas y situaciones del argumento sirven de excusa para tratar temas como la criptografía, las finanzas, la filosofía o la religión. No tiene prisa en concluir las tramas, algo fácil de entender cuando uno ve la titánica extensión de sus novelas. Se regodea en detalles que perfectamente podrían excluirse de sus libros pero que precisamente constituyen el mayor encanto de su narrativa. Así, en el Criptonomicón hay una escena que explica la forma perfecta de comer cereales con leche, técnica que ha desarrollado el protagonista y la aplica con la solemnidad de un ritual religioso mientras ve un curso de baile en vídeo.

Las páginas destilan un gran sentido del humor, muy irónico y sutil, y un tanto perverso. También es frecuente que recurra a figuras históricas (desde Sir Isaac Newton a Alan Turing) que incluye en las historias e interactúan con los personajes principales. Sorprende ver el vasto despliegue de conocimiento que suponen sus novelas: científico, económico, tecnológico, filosófico, sociológico y geográfico (que ve más allá de ese cosmopolitismo snob del que hacen gala muchos best-sellers actuales). Un conocimiento que usa para construir un mundo propio en sus libros, como ocurre en El Ciclo Barroco. Mientras que, por poner un ejemplo obvio, la saga del Capitán Alatriste de Pérez Reverte (otra gran lectura) nos muestran una sociedad distinta a la nuestra y la explica a los ojos actuales, el Ciclo Barroco de Stephenson (que transcurre en unos años no muy distantes a los de la saga del capitán) nos presenta una realidad mucho más cercana, donde las intrigas, el sexo y las infecciones venéreas están a la orden del día. Y ese siglo XVII, que se parece tanto al presente, no chirría, no queda extraño; sigue siendo el siglo XVII, tan real como el de Alatriste.

En definitiva, un autor inclasificable pero tremendamente divertido e interesante, que se ha ganado a pulso el favor de los lectores y de la crítica, aunque sus sagas (que se venden y muy bien) no le hagan sombra a las sagas de niños magos, vampiros sensibleros, o títulos increíblemente largos. Claro, como llevar sus novelas al cine es imposible… (se estaba preparando una adaptación de Snowcrash, pero no sé cómo va el proyecto). No espero que le guste a todo el mundo, pero desde luego es una opción más que recomendabe.

Imagen: Neal Stephenson signs, por wasoxygen. Licenciada bajo CC-BY-2.0

El informe que hace que la Ley Sinde parezca un tirón de orejas

Los que me conocen personalmente están hartos de oírme hablar del doctorado que estoy realizando este año. Es sobre el cambio que están sufriendo las Industrias Culturales con la llegada de la llamada Era Digital, y dentro de eso, cómo se están viendo afectadas por las redes peer to peer. Esa es la razón de que hable tanto de estos temas en mi blog, y de que los haya evitado últimamente, porque con la investigación ya escribo suficiente sobre eMule y modelos de negocio en internet.

No digo esto para darme pisto, sino para comentar un informe que leí hace poco, cuando buscaba fuentes bibliográficas para un epígrafe del proyecto. Se trata del informe Steal these policies: Strategies for reducing digital piracy (parece que alguna lumbrera se acordó del disco Steal this album, de System of a Down), elaborado por The Information Technology & Innovation Fundation (ITIF). Aunque aquí en el blog tengo un posicionamiento bastante claro sobre el tema, para el doctorado tengo que examinar todas las partes.

Las casi 30 páginas del informe (que encontré en la web de la MPAA) me pusieron los pelos de punta. Si lo que se suele escuchar por estos lares por parte de la SGAE y compañía ya nos parece de escándalo, el discurso de los americanos es para salir corriendo. Cuando me dispuse a leerlo, era consciente de la diferencia de la legislación entre España y Estados Unidos. Allí no existe la copia privada, por lo que si no compras, eres un ladrón e irás al infierno.

La ITIF afirma ser una organización no partidista, aunque por el informe, la ITIF es tan no partidista como la FAES hablando del 11-M. Lo primero que me llamó la atención fue un destacado en el lateral de la primera página: es necesario abrir un amplio diálogo que incluya a todos los participantes, incluyendo gobierno, propietarios de contenidos, operadores de sitios web, desarrolladores de tecnología y proveedores de internet. Mal empezamos: no se habla de los usuarios.

Partiendo de esta idea, el informe recopila una serie de propuestas (sociales, tecnológicas y legales) para reducir la piratería. Asumiendo que no existe ninguna bala de plata que haga desaparecer la piratería por arte de magia, y que ésta nunca podrá ser erradicada por completo, lo que se pretende es aunar esfuerzos para contribuir a su reducción. La definición de piratería es prácticamente todo lo que no sea obtener una copia original o acceder a un contenido a través de páginas oficiales. Lo único que se queda en el limbo es lo que aquí conocemos como “derecho de cita”, siempre que se dé lo que ellos denominan juego limpio. Los blogs y otros agregadores de noticias caminan por la cuerda floja. Todo lo demás es piratería: desde venta de copias ilegales a redes P2P, incluyendo páginas que faciliten acceso a estas redes (esas que aquí en España son absueltas sistemáticamente).

La razón de este empeño en reducir la piratería es clara: hay dinero en juego. Nada de cultura en peligro ni esas cursilerías que se estilan por aquí. Estados Unidos es líder en la producción de contenidos digitales, y eso hay que protegerlo dentro y fuera de sus fronteras. Es decir, se trata de que su hegemonía perdure. Y para ello no hay que escatimar esfuerzos. El único diálogo con el ciudadano es el lavado de cerebro (creo que el informe usa la palabra “educación”). No puede ser que un usuario no perciba como ilegal la descarga de una canción, hay que concienciarle del problema de la piratería y de que las medidas para evitarla son beneficiosas. El texto llega a ser orwelliano en esos aspectos.

Se proponen todo tipo de medidas tecnológicas para luchar contra la piraterías: sistemas de DRM, identificación de contenidos, marcas de agua, propocionar fakes a las redes P2P para desanimar a los usuarios… así como bloquear el acceso a páginas web que proporcionen enlaces (también se compara este tipo de bloqueos con el bloqueo de páginas con contendios pederastas), para lo que se necesita que los ISP’s colaboren, e incluso luchar para que los buscadores no indexen esas páginas. Anteponen la legalidad de la red a su neutralidad. Se escudan en que internet no fue creada para que fuera un inmenso mar de pirateo, y sabiendo las críticas que generan este tipo de medidas, las contraargumentan desde un principio. La compañía alemana Ipoque plantea la efectividad de varias de estas medidas de una forma mucho más realista.

En el plano legal la cosa se pone aún peor. Sólo destacaré un punto a favor: la ITIF sostiene que no hay que poner trabas a la innovación tecnológica sólo porque ésta pueda ayudar indirectamente a la piratería (ponen los ejemplos de la criptografía, protocolos de red, etc), claro que por esa misma razón tampoco hay que poner trabas al desarrollo de las medidas antipiratería que proponen. Más allá de eso, es el discurso de aquí pero a lo bestia. Hay que desarrollar medidas legales que ayudena detener la piratería, pero llevado a un marco internacional. Es decir, que hay que apretarles las tuercas a la WIPO y quejarse más a la WTO. De hecho, esperan ansiosos que se hagan públicos los acuerdos del ACTA. Incluso se llega a hablar de la piratería como un problema tercermundista, en el sentido de que en los países desarrollados la tasa de piratería se ha estancado, pero en los mercados emergentes donde los ordenadores están empezando a venderse de forma masiva (China, Asia, Europa del Este), lo tratan como una amenaza creciente. La estrechez de miras al pretender que esas regiones se comporten según el american way of life no necesita ningún comentario por mi parte.

En fin, ahí veis a los yankis en todo su esplendor, con esa prepotencia característica, ese “todo el mundo tiene que hacer las cosas a nuestra manera” sin respetar la diversidad. Después de leer esto, uno se plantea hasta qué punto la famosa Ley Sinde, que nos colaron de rondón, es la respuesta a este tipo de presiones.

Todo el mundo llevándose las manos a la cabeza por los de la ceja y al final van a ser unos tristes peones.