Hibridación de modelos de las Industrias Culturales

Hace poco, explicaba aquí la existencia de dos modelos genéricos de Industrias Culturales: los productos editoriales y la cultura de flujo. Cada uno tiene una serie de características: forma de distribuir su producto, existencia o no de soportes materiales, y modo de financiación. También comentaba que la llegada de las redes digitales estaba provocando un acercamiento entre estos dos modelos.

La digitalización de las Industrias Culturales, ya sean productos culturales o cultura de flujo, no es un fenómeno tan nuevo. El CD, un soporte donde la información almacenada son ceros y unos (es decir, es tecnología digital), se empezó a comercializar en los años 80. El DVD está en circulación desde 1997. Y la primera patente del MP3 se registró en 1986 (aunque no se popularizó hasta 1995). Internet tampoco es la única red digital que existe. Sin embargo, durante los últimos diez años hemos asistido a un auge de las tecnologías y redes digitales. Estamos en la Era de la Información, y la tecnología digital influye en nuestro modo de vida: cómo nos relacionamos, cómo accedemos a la información, e incluso cómo consumimos. Las Industrias Culturales no son ajenas a estos cambios. Como productos basados en la información, son mercancías idóneas para sumergirse de lleno en esta nueva era. Gran parte de los cambios que sufren las Industrias Culturales pueden sintetizarse en que se está produciendo una hibridación de modelos.

Hablo siempre de Industrias Culturales en plural, ya que hay varias actividades (libro, disco, cine, televisión, radio…) y cada una experimenta de modo distinto esta hibridación. Ahora todos hablamos de los nuevos modelos de negocio en la música, etcétera, pero fue el modelo de flujo (en concreto la televisión) las que aprovecharon primero las redes digitales gracias al cable y el satélite. La digitalización de estas redes permitió ampliar los servicios que ya se estaban ofreciendo en analógico. Era la llamada televisión a la carta: pagar por un paquete básico de canales, que se podía ampliar en función de los gustos (y el bolsillo) del consumidor. Desde los paquetes de cine, deportes o infantiles a la contratación de partidos de fútbol o películas (Pay per view). Hoy, incluso se puede acceder a una base de datos de contenidos y ver el programa que queramos, sin esperar a que esté disponible como producto pay per view. Es el llamado Video on Demand. Esta editorialización del modelo de flujo llamó la atención de los investigadores de las Industrias Culturales, que llegaron a hablar de un tercer modelo llamado club privado. Esta filosofía se aleja del concepto de servicio público asociado a la televisión, y de la universalidad asociada a las telecomunicaciones, y a la larga puede desembocar en una televisión para ricos y otra televisión para pobres. Pero más allá de las polémicas por las concesiones de licencias y los problemas de amortización de las plataformas de cable y satélite, no ha habido mayores problemas.

En cambio, la fluidificación de los productos editoriales no está siendo tan sencilla para las empresas (los consumidores y usuarios somos otro cantar). La desmaterialización de unos productos que siempre se han vendido en soportes físicos ha hecho mucho más difícil la ya de por sí arriesgada tasación de unas obras basadas en creaciones simbólicas. A esto le añadimos la calidad, siempre mejorable, de la banda ancha, que ha impedido a determinadas industrias como el cine o la televisión aprovechar la distribución vía internet. En cambio, las redes peer to peer se revelaron en su momento como una forma excelente para el intercambio de archivos de gran tamaño sin agotar el escaso ancho de banda de hace seis u ocho años.

En definitiva, ni las empresas ni los políticos parecen haber comprendido el fenómeno de hibridación de modelos. Las primeras intentan colonizar internet, formando grupos de comunicación cada vez mayores, pero muchas no terminan de encontrar modelos de negocio adecuados e intentan trasladar los viejos modelos de venta de unidades. Los segundos, cegados por el auge de conceptos parecidos, como industrias de contenigos (digitales) o economía creativa, parecen haber perdido el norte, e intentan respaldar esos viejos modelos con leyes cada vez más disparatadas.

La nueva situación es más compleja, porque intervienen más actores. Pero se pueden conseguir beneficios. Pero eso lo explicaré en otro artículo.

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