La ley de la patada en el router: más rápida, más dura, más Sinde

Me queda una cierta desazón ahora que se ha aprobado la Disposición Adicional de la Ley de Economía Sostenible, conocida como Ley de la patada en el router. Sensación de derrota, de que los políticos siempre van a piñón fijo y van a hacer lo que les plazca, no importa la frontal oposición de la sociedad. Ya pasó con la guerra de Irak. Y parece que está pasando con esto. A pesar de la fuerte respuesta del manifiesto a favor de los derechos en internet y de que la ministra Sinde llegó a reunirse de mala gana con los representantes de los internautas, la citada ley sigue adelante con un par de remiendos.

El nuevo texto, que de momento no he podido leer pero del que ya se ha hablado largo y tendido en todo tipo de webs, blogs, y también en muchos medios de comunicación, mantiene ese elemento discordante llamado Comisión de la Propiedad Intelectual, que será la que presente las denuncias contra las páginas. Se añade el elemento judicial, ya que es un juez el que debe aprobar las denuncias. Pero este añadido es una trampa envenenada, porque lo único que dice es que se necesita una autorización judicial, no que se tenga que celebrar un juicio. Esta autorización se tendrá que dar (o no) en un plazo de cuatro días, habiendo oído el juez a todas las partes. Parece que la nueva ley esté más preocupada por la rapidez que por la eficacia, y este punto ha desatado muchas críticas al dar tanta prioridad al derecho de propiedad intelectual. La justicia ya es suficientemente lenta como para sobrecargarla con estas denuncias, y además, como bien explica Pablo Soto, el sistema actual ya tiene recursos para tramitar ágilmente el cierre de una web cuando realmente es necesario (no por poner unos enlaces para descargar el disco de Rosario Flores cuyas canciones son todas versiones).

El tema del cierre express suena a trampa y de la buena. Imaginad que os denuncian porque vuestro blog enlaza contenido no permitido, y disponéis de cuatro días para presentaros ante el juez para presentar vuestros alegatos de defensa. La mayoría de nosotros tendríamos que buscar un abogado, mientras que los denunciantes (vamos a decir un nombre al azar: la SGAE) ya tendrán su bufete de abogados con las garras ya afiladas desde que se puso la denuncia. El juez además, no evalúa si se violan derechos de propiedad intelectual: sólo se cerciora de que el cierre de la web demandada no supone un recorte del derecho de la información.

Si por el contrario nosotros como creadores queremos poner una denuncia, mucho me temo que tendremos que acudir a una entidad gestora de derechos de autor (por mencionar una de las ocho existentes… la SGAE), ya que la ley establece que sólo a través de estas entidades podemos percibir remuneración en concepto de derechos de autor. Vamos, que me temo que las denuncias las pondrán siempre los mismos (yo, aunque tengo una novela publicada, no me afilié a la SGAE porque no me salía rentable).

Al final estamos con los mismos debates estériles donde ser cruzan asuntos distintos y cada cabra tira a su monte particular. Para empezar, se usan indistintamente los conceptos de propiedad intelectual, derechos de autor y copyright, cuando existen diferencias entre ellos (si algún abogado lee esto, es bienvenida una explicación por su parte en los comentarios).

La ley deja además mucha inseguridad. La ministra Sinde explica una y otra vez que los bloggers debemos estar tranquilos porque no nos van a cerrar los blogs, que sólo se irán a por las páginas que se lucran a costa de ofrecer contenidos protegidos. El mayor problema de las leyes anti-piratería en internet es que la piratería sigue sin estar definida. Hay un negocio bastante lucrativo basado en la piratería, normalmente llevado por mafias, que sí es dañino para las industrias culturales. Pero compartir a través de peer to peer no es delito, y las páginas que enlazan a estos archivos que se comparten (el único sitio al que las industrias creen que pueden atacar, ya que aquí no pueden denunciar a usuarios a diferencia de en Estados Unidos) tampoco han sido nunca condenadas por los jueces. Además, estas páginas de enlaces no constituyen ni de lejos la principal búsqueda de archivos para descargar vía peer to peer. Si se cierra un servidor, se puede abrir otro fuera de la jurisdicción española. Esta ley se antoja bastante ineficaz a priori.

Lo único que se consigue con estos debates estériles y simplificados es polarizar las opiniones: internatuas contra creadores. Como si los creadores no usaran internet o los internautas no escribiesen ni compusiesen música. Siempre habrá alguien que querrá bajarse películas, discos o libros sin pagar nada, pero la inmensa mayoría estamos sensibilizados con los derechos de autor y no nos oponemos a la remuneración de los creadores. Esa remuneración se puede conseguir de muchas formas, no sólo con la fórmula pay per download o la comrpa de discos y DVD’s. Incluso la actual concepción de derechos de autor y remuneración podría ser revisada. Lo que no estamos dispuestos es a que se nos persiga y se nos equipare a pederastas o terroristas sólo por bajarnos cosas de internet. Pero de momento, el gobierno ve más rentable en términos electorales a los artistas que a los bloggers (con una consecuencia desagradable: politizar el debate). Dentro de la comunidad blogger hay gente con gran poder de convocatoria, y los partidos bien podrían plantearse escucharles para intentar tenerlos de su lado.

Una última reflexión: resulta curioso que los principales defensores dentro del colectivo de creadores sean los músicos. Ahí tenemos a Víctor Manuel, o a Rosario Flores, que como no vende discos ha tenido que vender colonia con su nombre estas navidades. Los escritores, salvo algunos casos, no se han pronunciado tanto. Será porque ellos están más abiertos a las alternativas al copyright. Es el caso de Espido Freire, quien me contó en una entrevista que veía muy interesante todo el tema del copyleft al darle algo más de cuartelillo al autor (sobre todo si no es conocido).

Pero en fin, a pesar de esta pataleta, y de todas las pataletas de la red, parece que la ley seguirá adelante, y la ministra Sinde la seguirá defendiendo con cara de no haber roto un plato. Si hay una cosa peor que un político, es un político advenedizo.

Los internautas ya intentamos dialogar y no se nos ha hecho caso. Hay que pasar a la acción. La de verdad.



Modelos clásicos de financiación de las Industrias Culturales

Que nadie se lleve a engaño. No pretendo hablar de enrevesadas fórmulas de enriquecimiento de los grandes grupos multimedia. Tampoco voy a reinventar la rueda. Lo que viene a continuación son unas líneas de teoría muy básica sobre las Industrias Culturales, término que defiendo frente a otros como industrias del contenido o industria del entretenimiento. Antes de adentrarme en la relación de estas industrias con las redes digitales es mejor que empiece por el principio.

Hablo de Industrias Culturales en plural, ya que son varias y cada una tiene sus características. Y escribo el término con mayúsculas iniciales por deformación, ya que suelo encontrarlo así en la bibliografía sobre la materia. Estas Industrias Culturales se han agrupado tradicionalmente en torno a dos polos de referencia que ahora no son tan distantes. Estos dos polos (digamos unos modelos génericos que no son compartimentos estancos) son los productos editoriales por un lado, y la cultura de flujo por el otro. Intentad recordar cómo eran las cosas a finales de los 80 o principios de los 90 para comprender mejor estas formas de financiación.

Los productos editoriales incluye industrias como la fonográfica (discos), la editorial (libros) y la cinematográfica (cine y vídeo). Estas industrias basan su negocio en la venta de unidades individuales a los consumidores. Hablamos por tanto de una financiación directa, en la que el consumidor está pagando el total del coste de la copia. Algunas cosas que debemos tener en cuenta son:

  • Los costes de creación de estas industrias son muy característicos. El prototipo (producir una película o un disco, esto es, costes fijos) es muy caro, pero la distribución es relativamente barata (costes variables), y generar una nueva copia o conseguir un nuevo consumidor (coste marginal) es un aumento del coste insignificante.
  • Tradicionalmente estos productos estaban asociados a soportes materiales. Esto ha cambiado, y eso afecta a la estructura de costes. También hay que tener en cuenta que estas industrias se han basado siempre en la venta de copias, unas copias que aunque son fáciles y baratas de generar, deben rentabilizar toda la estructura de costes antes descrita. A esto le podemos sumar la dificultad de valorizar un producto basado en un trabajo creativo-artístico.
  • Las estrategias de estas empresas se basan en el efecto catálogo, en el que los superventas compensan los productos minoritarios. Esto permite que junto a best-sellers, blockbusters veraniegos y fenómenos musicales podamos encontrar productos fuera del mainstream, muchas veces a través de sellos (discográficos, editoriales) creados a tal efecto. La estandarización del consumo cultural que imponen este tipo de industrias y la función cultural que pueden o deben cumplir ofreciendo variedad es uno de los huesos duros del estudio de la Industrias Culturales.

Por otra parte tenemos la mencionada cultura de flujo, en la que incluimos a los medios de comunicación, como radio y televisión. Son empresas que se financian indirectamente, a través de la publicidad, subvenciones públicas (impuestos) o ambas cosas. Su negocio está en la fidelización de consumidores para obtener mayores ingresos por publicidad. Sus productos se basan en los programas que emiten, y el catálogo está inmerso en el propio flujo, es decir, en la programación. Podemos observar que:

  • La financiación indirecta hace que este tipo de industrias sean gratuitas para el consumidor, con la excepción de la inversión que tiene que hacer en hardware (comprar un televisor o una radio), y de fórmulas mixtas de financiación que veremos más adelante.
  • Los costes variables y marginales quedan reducidos prácticamente a cero. No hay distribución física, y el coste por nuevos espectadores u oyentes es nulo (salvo casos de ampliación de cobertura, en los que deben invertir en infraestructuras).
  • Estas industrias no están asociadas a soportes materiales como lo han estado tradicionalmente los productos editoriales.
  • Obviamente, existen sinergias entre varias industrias. Los ejemplos típicos son las discográficas con la radio y el cine con la televisión.

La prensa diaria (en papel) constituye un caso de modelo mixto, ya que posee características de los dos polos que he descrito. Es un medio de comunicación pero su flujo es discontinuo y hay que comprar ejemplares separados. Su financiación se costea entre la publicidad y el pago del consumidor (en el caso de los diarios gratuitos sólo por publicidad, pero no son tan completos como las cabeceras de pago). También han contribuido a introducir financiación mixta en los productos editoriales, al vender películas, libros o discos a precios reducidos (o sin coste alguno) de forma conjunta con el periódico.

La llegada de las redes digitales (no sólo internet, también la TV por cable o satélite) está suponiendo nuevas formas de financiación mixta para todo tipo de Industrias Culturales. Es el caso de la televisión, donde existen canales de pago (como el antiguo Canal+ analógico), pero también lotes de canales dentro de las plataformas de satélite, pay per view e incluso vídeo a la carta. En cuanto a los productos editoriales, aparte de las ediciones online de las cabeceras tradicionales de prensa, la cosa aún se está perfilando. Al principio se hablaba mucho de la desaparición de intermediarios, que más bien ha sido una re-intermediación (como consumidores, necesitamos a alguien que nos seleccione y empaquete el contenido, como podría ser Spotify). Además de la venta de unidades desligadas de su soporte (como hace iTunes), se están descubriendo nuevas formas de negocio que combinan la gratuidad y el pago por contenido.

Pero de todo eso iremos hablando en sucesivas entradas.