La convergencia entre medios: algunos mitos de la Sociedad de la Información
El origen de muchos conflictos que tienen lugar hoy en día en torno a Internet, la descarga de archivos y demás, se remonta a finales de la década de los 80. Por entonces, las telecomunicaciones y los medios de comunicación (y por extensión las Industrias Culturales) tenían dos modelos claramente separados. Si algo tenían en común, es que los dos se estaban agotando: el mercado de las telecomunicaciones era un mercado maduro sin muchas posibilidades de expansión (pensad en el servicio de telefonía básica, que ya no podía ofrecer mucho más ni ganar más clientes), mientras que la radio y la televisión no podían exprimir más un modelo de financiación indirecta basado fundamentalmente en la publicidad.
En ese panorama, la digitalización de las redes de telecomunicaciones (no sólo Internet, también la telefonía, la televisión por cable, los satélites…) ofrece grandes ventajas a los dos sectores. Por un lado, las telecomunicaciones pueden ofrecer servicios de valor añadido, como los que ofrecería más tarde la telefonía móvil. Por el otro, las Industrias Culturales (televisión y radio, pero también la industria discográfica, y la del cine-vídeo) pueden aprovechar la compresión de la señal para distribuir sus contenidos a través de nuevos canales y encontrar otras formas de monetización (televisión a la carta). Se fragua la idea de la convergencia y los dos sectores acercan posturas al tener intereses comunes.
Junto a la idea de la convergencia, que se populariza en los años 90, se extiende también el concepto (no tan nuevo) de Sociedad de la Información, que pasará a convertirse en toda una ideología. La maraña de conceptos relacionados con la Sociedad de la Información (desde Aldea Global a Economía del Conocimiento) descansaban sobre la premisa de que las nuevas Tecnolocías de Información y Comunicación (TIC’s) no sólo suponían una reducción de costes, sino que eso conllevaría un aumento de la productividad. Todos sabemos lo productivos que somos ahora que tenemos que atender docenas de correos electrónicos al día.
Aquí es donde nos colaron el primer gol. Los entusiastas de la Sociedad de la Información aseguraban que esta reducción de costes permitiría un descenso en el precio de productos culturales, es decir, desinflar la burbuja cultural. El problema estaba en que el abaratamiento de costes se produjo fundamentalmente en la fase de re-producción y distribución de contenidos. Los costes de producción no bajaron. Es cierto que algunas tecnologías digitales (cámaras, software de edición) suponen un ahorro frente a sus hermanos analógicos. Pero el trabajo creativo que se requiere en este tipo de industrias no se puede automatizar. Podemos escribir novelas y guiones de películas en un ordenador, pero la idea se nos tiene que ocurrir a nosotros. Así, los costes de producción se mantuvieron y mantuvieron la inflación habitual.
Si habéis leído alguno de mis artículos sobre Industrias Culturales (1, 2), sabréis que en este sector los costes más altos son los costes de creación y producción. Lo que vale dinero de una película es rodarla, pagar a los guionistas, a los actores, y luego hacer una postproducción en condiciones. Lo mismo con los discos, o los programas de televisión. Los costes de distribución, en cambio, son costes débiles. Y los de re-producción (sacar más copias) ya eran costes marginales con los soportes físicos. Vale que esto es una generalización que se suele cumplir más bien en el caso de los grandes grupos multimedia (la estructura de costes de las Industrias Culturales hace que se busquen economías de escala), pero en cualquier caso, la reducción de costes de distribución no es suficiente para que los productos culturales se puedan vender por la mitad de precio, por ejemplo.
El otro mito que nos querían vender era el de la desintermediación. La bajada de costes haría que no fuesen necesarias las economías de escala y eliminaría las barreras de entrada (algunas de ellas artificiales) del sector cultural y de la comunicación. Pero al no bajar precios, y al entrar nuevos actores en escena (gente como Apple con su iTunes, o negocios como Netflix), las economías de escala no van a desaparecer sino al contrario. Las empresas existentes no van a renunciar así como así a su trozo del pastel. Se producirá, más bien, una re-intermediación, en la que los agregadores y facilitadores de contenido cobran una gran importancia. Ya no necesitas que te distribuya tu disco una multinacional, pero si puedes vender tu canción en iTunes o que suene en Spotify, mucho mejor.
En este caos de perspectivas no cumplidas y nuevos contendientes con los que lidiar, las estrategias de estas industrias tomaran medidas que resultan absurdas y contradictorias. Así, los grandes grupos multimedia siguen apostando por controlar todos los canales de distribución para comercializar sus productos, y reunen la mayor cartera de derechos posibles para garantizar una gran oferta y cubrir todos los nichos de mercado, y de paso para “proteger los intereses de los creadores”, cuando en Estados Unidos todos los derechos pasan al productor (y en cualquier caso, las relaciones de poder entre grandes compañías y jóvenes creadores son muy desiguales e injustas).
Si has llegado hasta aquí, muchas gracias. Esto es una panorámica muy resumida y simplificada de la convergencia entre telecomunicaciones e Industrias Culturales. Pero en cualquier caso, espero que con este artículo seas consciente a partir de ahora de que tras el debate absurdo, estéril y reduccionista del tipo “internautas vs. entidades gestoras de derechos de autor”… tras ese debate, digo, hay un problema de fondo mucho más complejo y de mayor calado.
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Referencias:
- Richeri, G. (1.994): La transición de la televisión. Bosch Comunicación. Barcelona.
- Garnham, N. (2011): “De las industrias culturales a las creativas. Análisis de las implicaciones en el Reino Unido”, en Bustamante, E. (coord.): Industrias Creativas. Amenazas sobre la cultura digital. Gedisa. Barcelona.
El origen del término Industrias Culturales
Cada vez que se monta alguna trifulca en la red relacionada con los derechos de autor en seguida sale a relucir el término “industria cultural” como personificación de un malvado lobby que quiere dominar el mundo. Si sois lectores habituales del blog sabréis que me interesa mucho el tema de las Industrias Culturales, que siempre menciono en plural por deformación académica. Se trata de un término con muchos años de historia que han utilizado una serie de corrientes de investigación, en muchos casos de forma crítica.
Los primeros en utilizar el término industria cultural (en singular) fueron los filósofos Theodor Adorno y Max Horkheimer, de la escuela de Frankfurt, en los años 40 del siglo pasado. El concepto resultaba paradójico y polémico, y esa era la intención de los alemanes: resaltar la relación entre cultura y mercado. Por lo demás, la crítica se enfocaba más a la estandarización de contenidos, y la palabra industria no se toma al pie de la letra.
Tras unos años de letargo, diferntes corrientes académicas resucitan el término en los años 60, que pusieron énfasis alternativamente en la parte “industrial” o “cultural” del término. En la segunda mitad de los años 70 comienza a hablarse de Industrias Culturales ya en plural, y se pierde esa visión catastrofista de la Escuela de Frankfurt. Continúa el enfoque crítico, pero ya no es un problema filosófico o ético, sino socioeconómico.
La teoría de las Industrias Culturales que surge en esa época no pretende oponer cultura frente a mercado, sino analizar la forma en que determinados sectores culturales (música, literatura) aplican procesos industriales de producción para generar sus productos. Y de la misma forma que se estudian determinados sectores, otros (pintura, escultura) quedan excluidos porque no se les puede aplicar esos criterios industriales, aunque sus productos puedan ser objeto de mercantilización. No se trata de escoger entre cultura e industria, sino de ver cómo se relacionan.
Son estudios empíricos, sólidos, con un enfoque económico determinado (la economía política de la comunicación frente a la economía clásica), que entienden que estas industrias tienen unas características peculiares (para una explicación más detallada de esta teoría, ver este post). Se trata de industrias en las que este proceso de automatización nunca puede ser completo, siempre hay un trabajo creativo de base.
Hay que tener en cuenta que la corriente de las Industrias Culturales predominó en Francia y su zona de influencia. A raíz de esta corriente, en los años 80 se introdujo en el discurso político la importancia de las políticas culturales. Las Industrias Culturales también tienen una función de reproducción ideológica, y la democratización de la cultura a través del mercado esconde sus trampas, ya que Estados Unidos es el principal exportador de este tipo de industrias.
Actualmente se están imponiendo otras corrientes, como la de las Industrias Creativas, con tras bases teóricas y en otros contextos políticos (en este caso, el de la Sociedad de la Información). En el actual contexto, la creación y la innovación se justifican como motor del crecimiento económico a base de meter en el saco de las Industrias Creativas sectores que van desde el diseño textil al juguetero, con tal de hacer ver que las Industrias Creativas son un sustancioso porcentaje del PIB nacional. Para que os hagáis una idea, según estas bases, China es el país más creativo del mundo, y Hong Kong exporta más productos creativos que Estados Unidos.
En resumen, el término Industrias Culturales se emplea desde mucho antes de todas estas polémicas por las descargas en Internet. Fue un término muy popular en su día, y como tal se ha usado indiscriminadamente. Del mismo modo, éste y otros conceptos han ido calando en el discurso político para justificar determinadas líneas de actuación.
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Fuentes:
- Garnham, Nicholas: “De las industrias culturales a las creativas. Análisis de las implicaciones en el Reino Unido”
- Tremblay, Gaëtan: “Desde la teoría de las industrias culturales. Evaluación crítica de la economía de la creatividad”
Ambos pueden encontrarse en Industrias Creativas. Amenazas sobre la cultura digital. (Enrique Bustamante, editor). Editorial Gedisa. 2011.
7 preguntas (y respuestas) para entender lo que son las Industrias Culturales
Cuando se monta algún caco relativo a los derechos de autor a propósito de las descargas y demás, es muy común oír hablar a blogueros ilustres como Enrique Dans o David Bravo (muy separados ideológicamente, por cierto) de las presiones que ejerce la Industria Cultural, de que su negocio está obsoleto, etcétera.
Si sois lectores habituales del blog, sabréis que hablo con cierta regularidad de las Industrias Culturales. Sin embargo, me doy cuenta de que he explicado poco o nada el concepto en sí. Y es que el enfoque de las Industrias Culturales lleva ya muchos años (¡más de 30!) en escena, y creo que merece la pena explicar sus orígines y sus características para entender por qué ahora está pasando lo que está pasando. Porque sin ánimo de quitarles un ápice de mérito a los dos ilustres antes mencionados, creo que no abordan con suficiente profundidad, o lo hacen desde otra perspectiva, el enfoque de las Industrias Culturales.
No penséis por esto que soy algún tipo de talibán pro-SGAE. Llevo ya varias entradas que demuestran lo contrario (ejemplos 1, 2 y 3). El enfoque de las Industrias Culturales es, de hecho, una perspectiva crítica sobre este tipo de empresas. Espero que respondiendo a estas 7 preguntas entendáis un poco mejor qué son las Industrias Culturales y por qué tienen esa fama.
1.- ¿Qué son las Industrias Culturales?
Las Industrias Culturales son las industrias que generan productos intangibles derivados de creaciones simbólicas (composiciones literarias, canciones y música, relatos audiovisuales). Estas industrias aplican criterios industriales (valga la redudancia) como la división científica del trabajo o la producción en serie a sectores que en principio no son industrializables (la creación, la creatividad). Los productos generados por las Industrias Culturales (libros, discos, películas) pueden producirse y re-producirse de forma indefinida, a diferencia de las obras de arte “clásico” (cuadros, esculturas).
Como productos basados en la información, éstos tienen una función de reproducción ideológica y social, de ahí que Francia y su área de influencia (en la que se encontraba España entonces) tratase de regular estos sectores para protegerse de la aplastante superioridad de Estados Unidos. Estamos hablando de finales de los años 70.
2.- ¿A qué industrias podemos llamar “culturales”?
Tradicionalmente se han considerado Industrias Culturales a la industria editorial (libro), la fonográfica (discos), la cinematográfica (cine-vídeo); y los medios de comunicación (radio, televisión y prensa escrita). En la última década, algunos autores han considerado el videojuego, ya que posee las características de las Industrias Culturales.
En este artículo explico un poco la clasificación básica que se hace de las I.C. en dos modelos genéricos, y qué características los diferencian.
3.- ¿Por qué se dice Industrias Culturales, en plural?
La razón de que se hable de las Industrias Culturales en plural es que cada industria tiene su propia dinámica de producción, su estrategia de comercialización (los libros explotan ediciones rústicas, de bolsillo, etc, de un mismo título; el cine se proyecta en salas antes de salir en DVD y pasarse por la tele), o su modo de financiación (desde la financiación directa por la venta de ejemplares a la publicidad y los impuestos). En este artículo explico las dos principales categorías de Industrias Culturales, y cómo la digitalización ha afectado a sus modelos de negocio.
4.- ¿Cuales son las principales características de las Industrias Culturales?
Las I.C. reunen una serie de características que aunque se pueden dar por separado en otros sectores industriales, pero ninguna otra industria reúne todas las características de las Industrias Culturales. Estas características están muy relacionadas entre sí, y en gran parte derivan de la condición inmaterial de los productos culturales.
A diferencia de productos materiales como coches o teléfonos móviles, los productos culturales son siempre “prototipos”. Una marca de coches puede sacar un modelo nuevo mejorando las características de los anteriores (como el motor o algunas mejoras tecnológicas). Pero para los libros, discos y películas, siempre hay que empezar de cero. En algunos sectores hay más automatización y se pueden reutilizar siertos elementos (como los sets y decorados de las series y algunas películas), pero siempre habrá un componente artesanal “no industrializable” que exige volver a empezar desde el principio.
Eso provoca una incertidumbre en el consumidor al no poder saber de antemano si una película, libro o disco le gustará. El consumo cultural implica invertir tiempo y dinero, y eso es algo muy arriesgado sin saber qué es lo que va a ver, leer o escuchar; ni siquiera si se trata del nuevo disco de su artista favorito o de una nueva película de un reputado director. Como consecuencia, la demanda de productos culturales es aleatoria, ya que no se puede predecir con certeza el consumo (es más difícil de predecir que en otros sectores). Y esa demanda, además de caprichosa, es inelástica: tiene un tope. Aunque se disponga de todo el dinero del mundo (o se descargue todo lo descargable de Internet), el día tiene 24 horas, y la mayoría de la gente necesita además comer, dormir y, si puede, trabajar.
La fabricación de prototipos implica además una estructura de costes muy particular. Los costes fijos son muy elevados. Lo que se come el presupuesto de una película o un disco es su producción (y más si intervienen factores algo aleatorios como los cachés de actores y músicos). En cambio, los costes variables (la distribución, y eso en el caso de los soportes físicos) son reducidos. Los costes marginales, como la generación de nuevas copias, son casi nulos (en el caso de la TV o la radio, conseguir un nuevo espectador ni siquiera aumenta el coste). Con la digitalización de los productos culturales y la popularización de Internet, los costes de distribución y re-producción (las copias) prácticamente han desaparecido.
5.- ¿En qué se traduce eso?
Las empresas necesitan mitigar la incertidumbre de los consumidores para vender sus productos. De ahí que surjan intermediarios. No ya sólo el librero que recomendaba a los clientes uno u otro libro, sino la presencia de singles de adelanto en el caso de los discos, teasers y tráilers de películas, pases de prensa previos al estreno para que los críticos de cine informen de la calidad de las películas… incluso sellos editoriales especializados en determinados géneros como la fantasía o la ciencia ficción. A eso le sumamos una presencia intensiva de márketing y publicidad para promocionar los productos y poder generar demanda.
Pero además, la estructura de costes y el efecto catálogo (variedad de elección en los productos para que los éxitos compensen los fracasos) suele derivar en el desarrollo de economías de escala para ahorrar costes y maximizar beneficios. Para lograr esas economías de escala, es frecuente que se produzca una concentración tanto vertical (para controlar todos los estadios de creación cultural: creación, producción, distribución…) como horizontal (en la que se unen empresas de diferentes sectores, por ejemplo prensa y televisión, música y cine, etc). Se forman así lo que conocemos como grupos multimedia: conglomerados que tienen presencia en multitud de sectores culturales y medios de comunicación.
Estos grupos multimedia basan su hegemonía económica en el control de la distribución, y en la explotación de amplias carteras de derechos de propiedad intelectual (derechos de reproducción, de explotación, de copyright). Internet supone un medio para eludir el control sobre la distribución que tienen los grupos multimedia, simplemente porque la comunicación en red está diseñada para que la información llegue a su destino sin importar las barreras que se interpongan. De ahí la enorme presión que hacen, demostrando un profundo desconocimiento sobre la arquitectura de la red, su filosofía, sus objetivos iniciales… y en consecuencia sin ningún éxito.
6.- ¿Qué otras formas hay para denominar a las Industrias Culturales?
A lo largo de los años han surgido nuevas terminologías para designar a las Industrias Culturales, como Industria del ocio, Industria de contenidos, Industrias de contenido digital (ahora que hay tanta fiebre por Internet), Industrias de la conciencia… en algunos casos, los términos pueden usarse en singular o plural indistintamente.
Uno de los enfoques que está teniendo más fuerza es el de las Industrias Creativas, que a través del Reino Unido ha pasado a formar parte del discurso de la Unión Europea y la UNCTAD (en castellano, CNUCYD: Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio Y Desarrollo).
7.- ¿Qué diferencia hay entre unos y otros?
Una película es una película, da igual si hablamos de Industrias Culturales o Creativas. Pero los enfoques con los que se estudian este tipo de industrias son diferentes, y la elección de términos no es inocente, sino que obedece a intereses políticos o económicos para “arrimar el ascua a su sardina”.
La mayoría de estos conceptos se diferencian del de Industrias Culturales en que incluyen sectores cuyo valor cultural es escaso o nulo (como los parques temáticos en el caso de las Industrias del Ocio), o que se salen de esta tipología de productos inmateriales (las Industrias Creativas incluyen la moda o los juguetes en el saco).
También es frecuente que incluyan todo tipo de sectores, sin ningún criterio, siempre que respondan mínimamente a las características que las definen. Así se pueden argumentar volúmenes de negocio sorprendentes y la importancia de determinados valores (la información, la creatividad) para que así se pueda justificar la prioridad (y las subvenciones) de unas determinadas políticas sobre otras.
Por eso sigo prefiriendo el término Industrias Culturales, pero siempre respondiendo al enfoque original, ya que está mucho mejor estructurado y tiene un carácter más crítico.
¡Copiad, malditos! (el documental íntegro)
Hace un par de semanas dejaba una entrada sobre el documental ¡Copiad, malditos! que emitieron en La 2, y que estaba bajo una licencia Creative Commons. (Como en la entrada anterior ya puse enlaces al blog, a la web de RTVE y expliqué todo lo referente al proyecto, me abstengo de repetir enlaces y detalles innecesarios).
El documental ya está disponible para su visionado en la web del proyecto, antes de lo previsto, y al ser una obra con licencia Creative Commons, no sólo se puede enlazar, sino que se puede descargar y distribuir libremente mientras se respeten las condiciones de la licencia: respetar la autoría de la obra y no utilizarla con fines comerciales.
Imagino que quien estuviese interesado ya habrá visto el documental, pero en cualquier caso aquí os lo dejo para que podáis verlo. Por cierto, en el blog del documental hay una versión con subtítulos en inglés y los enlaces para que descarguéis el archivo, por si le tenéis manía al streaming.
Copiad, malditos. Licencia creative commons en tv
Ayer estuve viendo el documental ¡Copiad, malditos! en La 2. Se trata de un proyecto que ha pasado bien desapercibido en el panorama televisivo pero que en la red ha generado bastante expectación, y en el momento de escribir esta entrada es el principal Trending Topic de Twitter (si quitamos los que están patrocinados).
El proyecto ¡Copiad, malditos! se compone de dos elementos fundamentales. El primero es el propio documental, que estará disponible en la web de RTVE hasta el próximo 1 de mayo. El segundo es un completísimo blog que ofrece información sobre todo el proyecto, desde notas de prensa y transcripciones del guión hasta los vídeos de las entrevistas completas a las diferentes personas que intervienen. De momento he visto la de David Bravo, pero también están Javier de la Cueva, Lutz Emmerich, Richard Stallman, Ignacio Escolar y muchos otros. A partir del 1 de mayo, cuando el documental deje de estar disponible en la web de RTVE, podrá verse en el blog. Y no sólo verse, sino que se podrá descargar y distribuir libremente, ya que está bajo una licencia Creative Commons. Hasta donde yo sé, es la primera vez que veo una obra bajo este tipo de licencia emitirse en una televisión de alcance nacional.
A pesar de su título, ¡Copiad, malditos! no trata exactamente de las copias o de los problemas de la (abrir comillas) piratería (cerrar comillas), sino que va más allá y aborda el concepto de la propiedad intelectual, cuándo y cómo surge, y cómo se gestiona en el siglo XXI, donde las posibilidades de copiar contenidos y obras culturales son mayores que nunca. Para abordar este tema, recurre a la fórmula de contar la historia del propio proyecto. Así, el documental nos explica lo que tiene que hacer su director Stéphane M. Grueso para que la obra pueda estar bajo licencia Creative Commons (y dentro del Creative Commons, qué tipo de licencia le interesa) y si eso es compatible con la emisión por televisión, en este caso, La 2 de TVE, ya que RTVE es coproductora y por tanto copropietaria del documental.
A lo largo de este periplo, la pieza va mostrando diferentes aspectos de la propiedad intelectual, desde el origen del concepto, a la forma de gestionarla actualmente y los problemas que eso supone. Hablamos no sólo de las prácticas abusivas de la SGAE, sino de los problemas de los artistas de autogestionar su propiedad intelectual. Esto se debe a que para poder cobrar derechos de autor es necesario ser socio de una entidad gestora (por ejemplo, SGAE), y eso implica ceder toda la gestión a esa entidad, por lo que los artistas no pueden decidir si quieren que determinadas obras estén libres de las restricciones del copyright.
En general los conceptos están bien explicados, especialmente los de propiedad intelectual y derechos de autor, que muchas veces se mezclan y confunden. En ocasiones el documental tiene que abreviar o saltar algunas explicaciones, pero cuando eso ocurre la voz en off del director se encarga de resumir los conceptos. Hay algunos datos que no me convencen demasiado (por ejemplo, el cine ha resistido mejor la piratería que la música, de acuerdo a los informes que manejo yo), pero son casos sueltos y seguramente se deba a una cuestión de contextualización.
Como anécdota, una de las cosas que más ha notado la audiencia es la falta de rótulos cuando aparecían los entrevistados. Llegué a pensar que se había hecho así deliberadamente, para no predisponer al espectador, aunque en algunos casos se ven elementos que ayudan a situar al entrevistado (Ignacio Escolar aparece con una portada de Público, diario que dirigió, enmarcada en la pared). Pero esta mañana he visto que el director ha dicho en su Twitter que se trata de un error, y que la versión para descargar tendrá ese fallo corregido.
En definitiva, se trata de un documental muy interesante y más que recomendable. En primer lugar porque se adentra más allá de los tópicos sobre estos temas que suelen verse en los medios. Habla de la propiedad intelectual, de su razón de ser, y de cómo gestionarla; no sólo de lo fácil que es bajarse cosas de internet y lo mucho que perjudica a los artistas. Y en segundo lugar, porque como he dicho antes, se trata de un documental con una licencia distinta al Copyright (algo coherente con la línea de la cinta, por otra parte) que se ha emitido por televisión. Me parece muy interesante que una televisión pública apueste por algo de este tipo, y ojalá no fuese la excepción. Dice mucho en su favor, no ya sólo por su alejamiento de la producción comercial (al fin y al cabo, como televisión financiada por impuestos, su objetivo es otro) sino por la pluralidad que demuestra con este tipo de contenido, diametralmente opuestos a lo que nos quiere colar el Gobierno.
En cuanto el documental esté disponible, podréis verlo también en este blog.
Sobre la entrevista de Buenafuente a la ministra Sinde
Hace un par de días, Ángeles González-Sinde acudió al plató de Buenafuente para ser entrevistada a propósito de esa ley infame que ha impulsado y que lleva su nombre, y de la que han corrido ríos de tinta… electrónica. La primera impresión que tuve fue que la entrevista resultó muy aburrida. Tanto, que no la seguí del todo (la vi en La Sexta 2 y me pilló cenando) y he tenido que volverla a ver para poder opinar con conocimiento. No soy muy dado a lanzarme al teclado a opinar nada más ha tenido lugar el suceso que sea. Prefiero dejar que las cosas reposen y si mis impresiones permanecen y encuentro argumentos para sustentarlas, me decido a comentar. Por eso, esta entrada parecerá que llega muy tarde, sobre todo después de la marabunta que se montó en Twitter, que a este paso corre el peligro de convertirse en un nuevo Forocoches.
Vaya por delante que Andreu Buenafuente me parece un profesional cojonudo, al igual que Berto Romero (que aunque no tuvo nada que ver con la entrevista ha recibido algunas hostiejas de rebote). Obviamente no siempre me gusta todo lo que sale en el programa, pero es uno de los mejores shows que hay ahora en televisión. De hecho, me gusta más el tono que tiene ahora que cuando salían los actores de El Terrat a hacer el canelo (no tengo nada en contra de Silvia Abril, pero el personaje de la niña de Shrek me pone de los nervios).
La entrevista estuvo aburrida y a ratos bastante floja. Y el problema no fue de Buenafuente, sino de su invitada. Invitar a un político es lo que tiene, y más cuando vienen a hablar de política. Todo lo que le digas lo va a llevar a su terreno. Gallardón es un maestro en eso. Por cierto, una entrevista de Buenafuente a Gallardón seguro que daría mucho juego… pero me estoy desviando. En el caso de la ministra Sinde la cosa es aún peor. Porque si hay algo peor que un político es un político advenedizo. Los políticos son gente que sin dedicarse a nada en concreto tienen que hacer como que son maestros de todo (un Ministro de Sanidad no tiene que ser médico). Pero esa es su labor. Irónicamente, cuando un político proviene del ejercicio profesional de su campo, es aún peor, como es el caso de una Ministra de Cultura que proviene de una industria cultural.
La Sinde, para colmo, jugó a dos bandas. Al principio ejerció de guionista, y quiso equipararse a Buenafuente en plan cómico, soltando algún chiste sobre él y David Letterman (qué manía tienen los políticos de ir en plan humoristas, es la única vez que no tienen ni puñetera gracia). Para colmo, la ministra soltó una perla para enmarcar: “Soy una ministra y los ministros tenemos que decir la verdad”. En ese momento, supe que la entrevista no iba a valer gran cosa.
Buenafuente, en cambio, empezó bien. Hizo un chiste sobre el parecido de Enrique González Macho con Francis Ford Coppola, calificando al primero de copia pirata del segundo. Esa ironía, ese humor sutil y bastante blanco pero acertado, es lo que me hubiera gustado ver más a menudo. Pero a partir de ahí nada de nada. La ministra se limitó a repetir su discurso y a intentar convencer al personal de lo importante que era su ley y lo buena que iba a ser para todos.
En el fondo Buenafuente estuvo acertado. Intentó profundizar más allá de lo que se dice siempre sobre estas cosas. Pero como digo, González-Sinde es política, y a cada pregunta soltaba su pieza de discurso, que parecía traer aprendido de casa, sin importarle el matiz de la pregunta. Ocupando el cargo que ocupa, y siendo la cadena que es, no faltó gente que hablaba de entrevista pactada, trato de favor, lavado de imagen, etcétera. Yo también lo he pensado, aunque es cierto que dentro de la afinidad La Sexta-PSOE, en el tema descargas y Ley Sinde los de Mediapro no han cantado las alabanzas del Gobierno precisamente.
Hay muchas cosas que se pueden objetar de la entrevista, pero en su mayoría son relativas al discurso de la entrevistada, que pretendía hacer creer que de no ser por la Ley Sinde no habría oportunidades de distribuir cine y música (de forma legal y todo lo que tu quieras) a través de internet. Rebatir todos los argumentos daría para muchas entradas. De entre todo lo que dijo, solo dejaré dos apuntes:
- No es lo mismo la cultura que la producción cultural. Equipararlas demuestra que se tiene en mente un criterio económico por delante del puramente cultural y social.
- Hay muchas más formas de financiación aparte de pagar a tocateja por cada contenido. El discurso de la industria parece entender que si no es de esa forma no es legal.
Buenafuente no pudo hacer gran cosa con una entrevistada así. Buscó la cara amable y le dio la oportunidad de explicar sus argumentos, del mismo modo que en su momento trajo a David Bravo (aunque esa entrevista la hizo Berto Romero porque Andreu no pudo presentar el programa). En ese sentido, la acción de Buenafuente (dejar que todos expongan su punto de vista) es digna de alabanza, aunque en este caso lo que dijo esa señora me lo conociera de memoria. La entrevista fue amable, como digo. Podría haber tirado más de ironía y retranca, pero aparte de eso no se le puede pedir a un late night de humor una entrevista como si fuera un debate político. Buenafuente no es Ana Pastor, aunque mira por donde, bien valdría la pena pagar por ver una entrevista de Ana Pastor a González-Sinde. Quizá sí que se le podría haber pedido que fuera más incisivo. Podría haberle dicho a la ministra lo mismo que le dijo Berto a David Bravo: “mi disco duro echa humo” (se entiende que si hubiera estado Buenafuente, le habría dicho lo mismo o algo muy parecido). Comparando las dos entrevistas puede parecer que los guionistas aplican eso del doblepensar.
Con todo, Buenafuente fue listo y jugó bien sus cartas, por ejemplo anticipándose a esa demanda de sangre que querían sus seguidores de Twitter. Simplemente, se nota que con algunos invitados tiene más sintonía que con otros, y con Ángeles González-Sinde es difícil tener sintonía. Pasó algo parecido cuando trajo a la gente de Malviviendo (precisamente a petición de los internautas), que se notaba que no los conocía tanto como a otros invitados. Pero insisto, se notan las tablas y la calidad de Buenafuente. Que yo entrevisté a David Saiz par el blog y ya quisiera haberle hecho una entrevista la mitad de la mitad de buena que la que les hizo él en su programa.
A la ministra Sinde sólo me queda aconsejarle una cosa. Los niños tienen cierta sabiduría de la que conviene hacer caso. Escuche usted a su hija (“Mamá, desapúntate de ministra”).
Discurso de Álex de la Iglesia en la Gala 2011 de los Goya
No es que recuerde a todos los directores de la Academia de Cine, pero sin duda Álex de la Iglesia es el que más me ha convencido desde que pronunció su discurso en la gala del año pasado, sobre todo teniendo en cuenta la situación de las Industrias Culturales y las nuevas (o no tan nuevas) tecnologías de la información. Es decir, internet.
El discurso de ayer lo habréis visto a través de mil sitios (tweets, Facebook, etc), pero aún así quería dejarlo aquí. Comenzó con voluntad de unidad, y al principio pensé que se trataba de una bajada de pantalones en toda regla después de su desacuerdo con la Ley Sinde (y por extensión, con la Ministra de Cultura). Pero no hay que olvidarse de que antes de ser presidente de la Academia, De la Iglesia fue (y sigue siendo) director de cine. Su discurso era un guión que tenía un estupendo giro al comienzo del segundo acto. Fue cuando empezó a hablar de Internet.
Habló de internautas a los que llamaba ciudadanos, habló de crisis como proceso de cambio. Habló de la red como un mercado más al que había que conquistar, no perseguir. La cara de satisfacción de la Sinde al principio del discurso fue mudando en un rictus de incomodidad. Cabizbaja estaba la Ministra de Sanidad, Leire Pajín, y el resto de actores, directores y productores (Icíar Bollaín, Enrique Cerezo, Javier Bardem…) se mostraban serios, como si no les hiciera del todo gracia lo que decía Álex de la Iglesia. Éste habló en tono correcto pero muy serio, como queriendo decir “esto es lo que pasa, no me vengáis con monsergas”, al tiempo que dejaba claro que se iba y que le dejaran dirigir en paz, que es lo que a él le gusta.
Echaremos de menos a un presidente que ha intentado conciliar dos bandos que no están enfrentados en realidad y que quiso escuchar de verdad todas las posturas, y no sólo hacerse la foto. Os dejo con su discurso.



